Si nuestra economía no está bloqueada como la cubana , si sobre nuestras cabezas ya no pesa una dictadura, si E.U.A no nos tiene en su lista de rogue states, si no tenemos terrorismo local ni somos objetivo de terroristas extranjeros, si no vivimos sitiados como el pueblo palestino, si no tenemos regiones separatistas, ni fundamentalismos religiosos, con todo lo que ello implica, si nuestro clima no toca extremos y nuestra tierra no es infértil, si no se nos han instalado los grandes carteles colombianos , o mejicanos, ¿ qué impide que la República Dominicana, con su poco más que modesta capacidad de producción, y que no padece de nada de lo anterior, se desarrolle ?
Corrupción, es la respuesta a la pregunta anterior. Es el foco de irradiación de todo lo que constituye un obstáculo para que este país se desarrolle. Es, además , la razón por la que usted paga dos veces por todo.
Con impuestos, usted paga por educación pública y la paga de nuevo porque lleva a sus hijos a colegios privados. Con impuestos, usted paga para que el Estado le asegure estabilidad en el suministro de electricidad y de agua potable, pero está obligado a tener una cisterna o un tinaco, una planta eléctrica o un inversor. Usted paga, con impuestos, por el mantenimiento de servicios de transporte, pero está obligado a comprar y mantener un vehículo propio. Usted paga, con impuestos, por su seguridad física, pero también tiene ( si es su caso) que comprar un arma de fuego. Usted, con sus impuestos, paga por servicios de atención médica, pero tiene que pagar por servicios privados de salud si le interesa mantenerse vivo. Todo, repito, lo pagamos dos veces. Y el que se pasa la vida pagando dos veces por todo, es un pendejo. Y Si usted es un dominicano de clase media y no se siente pendejo, es porque aparte de ser un pendejo, está ciego.
Hoy parace que solo se habla de corrupción en los medios de comunicación dominicanos. En estos días veo, no sin sorpresa, que lo que tenemos sobre la mesa es el único objeto legítimo de nuestra indignación como pueblo. Poco importa si el origen de esto es una campaña mediática y menos importa si Leonel Fernández, que por cierto, parece más un discípulo de Walter Lippmann que de Juan Bosch, anda por ahí inventándose una nueva acepción para la palabra corrupción. Los hechos, con su puño cerrado, se encargan de taparle la boca. Así que, a darle la espalda, a él y toda su cofradía de intelectualoides, y a no extraviar el foco, hermanos pendejos.