Hace unos días, no muchos, me pasaron cierta información que parecía, a mi juicio, buena carne para un artículo. Lo que no sabía, y de eso sí que estaba seguro, era cómo iba a presentarla aquí.
Entonces hice lo que suelo hacer en casos como ese: utilizar una técnica simple, que consiste, primero, en pensar el tema/problema con la mayor intensidad de que soy capaz, y luego, dar la orden, por así decirlo, de que mi cerebro lo guarde en un lugar donde de un modo más o menos inconsciente, se siga trabajando bajo la superficie.
Casi siempre, lo que después sucede es que al volver sobre el tema descubro que el trabajo ya está hecho, y que además, salvo alguna rarísima excepción, el resultado no es tan despreciable.
Pues bien, cuando anoche decidí sacar el pastel del horno, ya no me parecía, ni mucho menos, interesante. Ya no quemaba. Y es que el hecho de que en la República Dominicana, una sentencia de nulidad matrimonial (evacuada por un tribunal ecleciástico) cueste medio millón de pesos ( por debajo de la mesa, claro) no es sino una forma más de corrupción. Después de todo, no sorprende. No aquí. No donde la corrupción, de todos los sabores y a todos los niveles, es algo a lo que ya demasiadas personas más o menos nos hemos habituado.
De ahí que decidiera no dar a la cuestión más importancia de la que merece (siempre que los clientes no sean en su mayoría funcionarios públicos) y mejor añadirla al final de una breve lista de cosas, más bien curiosas, que hasta hace poco se pensaban:
1.- Que Van Gogh se había automutilado.
2.- Que Einstein creía en dios.
3.- Que Nietzsche, desde el más allá, debía estar agobiado con el peso de la culpa por haber inspirado a Hitler.
4.- Que Borgias y Medicis, con sus asquerosos métodos, eran cosa del pasado.

