
Si a usted le preguntaran lo que opina sobre un tipo que una vez paseaba con un amigo al que, aprovechando una multitud morbosa, dejó tirado en la calle con un ataque de epilepsia, que en otra ocasión acusó a una sirvienta de un robo que él mismo había cometido, que mandó a todos sus hijos a un orfanato y que durante cierto tiempo tuvo la curiosa costumbre de bajarse los pantalones y enseñarle el culo a jovencitas desconocidas que veía por la calle, supongo que le escucharíamos responder utilizando palabras como cabrón, enfermo, hijo de puta, desnaturalizado o malnacido. Supongo.
El personaje no es ficticio. Las del párrafo anterior son anécdotas de la vida de Jean-Jacques Rousseau (1712 – 1778) Un gran philosophe, y, como se ve, un melón de persona.
Algunos ven algo extraño en algunas de sus excusas: “Nunca estuve más lejos de ser un malvado; y cuando acusé a la pobre muchacha, es contradictorio y la vez cierto que mi afecto por ella fue el causante de lo que hice. Ella estaba presente en mi mente y por eso le eché la culpa”.
En cuanto a sus hijos, cinco eran, nadie podrá acusarle – alegó Rousseau – de ser un padre “desnaturalizado”, puesto que, según nos revela en sus Confessions, a él también le hubiera gustado educarse en un orfanato, pero entonces, quién hubiera escrito Emilio!? Emilio o de la Educación es la elaboración de su tésis sobre cómo se debe educar a los hijos.
El primer éxito literario le vino en 1750 con su Discurso Sobre Las Ciencias y Las Artes. La Academia de Dijon ofrecía un premio al mejor ensayo sobre la pregunta: Han sido las ciencias y las artes beneficiosas para la humanidad ? Rousseau mantuvo la negativa y ganó el premio, arguyendo que las ciencias, las letras y las artes son los peores enemigos de la moral, y al crear necesidades, esclavizan al hombre. Ciencia y virtud, sostuvo, son incompatibles, y todo aquello que distingue al hombre civilizado de un bárbaro sin educación (“El buen salvaje”, bueno por naturaleza) es básicamente maligno. La sociedad es depravada y pervierte a los hombres….Cuanto más se reúnen, más se corrompen. Esta es una de las ideas centrales en la filosofía del bueno de Jean-Jacques.
En 1755 le envió a Voltaire su segundo ensayo, Discurso Sobre el Origen y Los Fundamentos de la Desigualdad entre Los Hombres, más o menos la misma mierda, y éste le respondió: “He recibido su nuevo libro en contra de la raza humana. Gracias. Al leerlo se sienten unas tremendas ganas de volver a caminar en cuantro patas, sin embargo, habiendo perdido ese hábito desde hace ya más de sesenta años, me siento tristemente impedido de lograrlo.”
Rousseau es el padre del Romanticismo. Con él, se dice, se abre un camino en la cultura francesa y alemana a través del cual se vuelve a la naturaleza con la esperanza de encontrar allí nada menos que la bondad humana. Para sentirse mejor solo hay que lanzarse a la naturaleza exclamando algo como “oh!, cuanta belleza!” y llorar tan frecuentemente como sea posible.
Su manera de argumentar en favor de la existencia de dios fue toda una innovación. “Ah! Madame!” le escribe a una dama de la aristocracia, “En ocasiones, en la privacidad de mi estudio, con las manos apretadas contra mis ojos o en la oscuridad de la noche, soy de la opinión de que dios no existe. Pero entonces veo, veo el sol que nace y dispersa la neblina que cubre la tierra, desnudando el maravilloso y fulgurante espectáculo de la naturaleza , en ese mismo momento se dispersa toda nube en mi alma. Entonces encuentro nuevamente mi fe, a mi dios. Lo admiro y me postro ante su presencia.
Desde entonces, ningún filósofo (ni nadie), si cree en dios, se toma la molestia, como se hacía antiguamente, de recurrir a argumentos intelectuales para defender la tesis de su existencia (A excepción de Pascal, El corazón tiene razones que la razón desconoce). Si me preguntan, esto no fue ningún avance.
Continúa ….